Description
Hace mucho, mucho tiempo, antes de que hubiera faraones, pirámides o jeroglíficos, Egipto estaba poblado por unas gentes que vivían de la caza y la recolección, y que se agrupaban en pequeñas tribus que combatían a menudo entre sí. Habitaban una amplia franja de tierra fértil que se extendía a lo largo de las márgenes de un gran río: el Nilo. Más allá, a un lado y al otro de aquel territorio tan fecundo, se hallaba la sabana, que con el paso del tiempo se convertiría en un desierto que parecía no tener principio ni fin. El desierto era un mundo estéril, donde no crecían plantas ni podía sobrevivir ninguna criatura.
La supervivencia de los egipcios dependía de dos cosas: el río y el sol. Una vez al año, de julio a septiembre, el Nilo se desbordaba, con lo que cubría la franja habitada por los egipcios con una fértil capa de limo negro. Luego, gracias al sol, de aquel limo brotaban espontáneamente cereales y frutos silvestres. Las márgenes del río, con sus exuberantes plantas de papiros y sus esbeltos cañaverales, estaban atestadas de aves y mamíferos que servían de alimento a los cazadores. Con el paso del tiempo, los egipcios aprendieron a labrar y sembrar la tierra, empezaron a domesticar animales y, de ese modo, se convirtieron en agricultores y granjeros: plantaban sus cosechas en las márgenes del río y cuidaban del ganado…

